La democracia representativa es aquella en la que la
ciudadanía ejerce de manera indirecta su soberanía. Esto se debe a la
dificultad que supondría un ejercicio directo de la misma, teniendo en cuenta
los enormes volúmenes de población de los Estados actuales. Así, unos cuantos
representantes (los partidos políticos y sus respectivos secretarios generales
candidatos a la presidencia) son elegidos mediante sufragio por parte del
pueblo, el cual guiado por sus ideales vota a la opción que mejor se ajuste a
ellos.
Este es el modelo típico que adoptan las democracias actuales
puesto que, como ya se ha expuesto, el desarrollo de una democracia directa
sería altamente dificultoso, inviable. En el ámbito teórico puede parecer la
mejor vía, sin embargo, en la práctica se producen a menudo problemas en
relación a la misma por sus mecanismos y resultados. No siempre la opción
política elegida resulta la adecuada, en el sentido de que sus actuaciones se
encuentran en el filo de lo injusto, llegando en ocasiones a atentar contra los
intereses de los ciudadanos, la tolerancia o incluso los propios derechos
humanos.
Actualmente encontramos ejemplos pertinentes que muestran a
la perfección lo expuesto en los anteriores párrafos. El más ilustrativo, sin
duda, nos sitúa al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, donde el pasado
mes de noviembre se celebraron las elecciones presidenciales, cuyos resultados
proclamaron vencedor al candidato republicano a la Casa Blanca: Donald Trump.
Poco se puede decir de su propuesta de gobierno que no sea ya
bien sabido. El caso es que sus pretensiones, de realizarse, pondrían en
peligro los presupuestos de igualdad e integridad para con las mujeres y los
inmigrantes. Además de promulgar con ello ideales retrógrados como el machismo,
la intolerancia y la discriminación, entre otros asuntos.
Trump es, no obstante, sólo uno entre tantos ejemplos, y pese
a la opinión que despierte en el resto de países de occidente, la opinión
popular parece haberlo decidido así. Como vemos es fácil hacer peligrar la
democracia insertándonos en su propio seno (véase el caso del Tercer Reich: la
democracia puso a Adolf Hitler, uno de los mayores dictadores y genocidas de
todos los tiempos, a la cabeza de Alemania). Todo por la degeneración de
propuestas e intenciones.
Esta es, sin duda, la mayor anomalía de la democracia
representativa. Sin embargo, ¿cuál es la solución, y cómo llevarla a cabo?
Actualmente algunos abogan por tratar de llevar a cabo la democracia directa
haciendo uso de los avances tecnológicos y aprovechando lo mejor posible las
características de la sociedad de hoy.
En referencia a esto se habla en el artículo de la propuesta
de la abogada uruguaya María Luisa Martínez Dibarboure: el Partido Digital. Este
opta por una toma de decisiones rectilínea entre el ideal y el voto a través de
las plataformas digitales adecuadas. Teóricamente esto supondría el votar por
un contenido, y no por un partido en sí. Pero volviendo al terreno práctico,
cabe plantearse las consecuencias siguientes: las consultas no dejarían de
simular una encuesta con respuestas cerradas, de manera que los resultados
serían fácilmente computables. No obstante se dejaría escaso o nulo margen al
matiz, lo que obligaría al votante a posicionarse en un extremo. Poco lugar
quedaría entonces para el consenso entre vencedores y vencidos. Es decir,
aumentaría la polarización de fuerzas, y crearía opiniones forzadas. Además, si
el sistema llegase a ser manipulado por las fuerzas mayoritarias, peligraría la
protección de los derechos de las minorías, aunque la intención que persigue
esta variante democrática sea precisamente la de salvaguardarlos.
Después de leer este artículo concluyo que tanto la
democracia directa como la que hoy tenemos presentan carencias todavía no
cubiertas, algunas de ellas con posibles consecuencias graves. Tal vez algún
día el devenir de los tiempos, el desarrollo tecnológico o el cambio mental,
político y social consigan aumentar el grado de factibilidad de la primera, o
solventar los problemas que presenta la segunda. El camino ya se ha iniciado,
pero hasta llegar a la meta sostendré que las democracias directas sólo son
realizables en comunidades reducidas (relacionadas con el cantonalismo, por
ejemplo) o para cuestiones determinadas. Hasta entonces deberemos lidiar
necesariamente con las incorrecciones de nuestro sistema.
Naturalmente esto plantea un nuevo punto: ¿qué hacer con
Trump? ¿Se debe respetar siempre, bajo cualquier circunstancia, lo determinado
por el pueblo en ejercicio de su poder soberano? El debate está servido.
Texto basado en la previa lectura del artículo de Mark Leonard "La política de la disrupción" para el periódico EL PAÍS: http://elpais.com/elpais/2017/02/19/opinion/1487531926_882908.html
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