jueves, 30 de marzo de 2017

Sobre las formas de democracia (práctica para DCHO. Constitucional)

La democracia representativa es aquella en la que la ciudadanía ejerce de manera indirecta su soberanía. Esto se debe a la dificultad que supondría un ejercicio directo de la misma, teniendo en cuenta los enormes volúmenes de población de los Estados actuales. Así, unos cuantos representantes (los partidos políticos y sus respectivos secretarios generales candidatos a la presidencia) son elegidos mediante sufragio por parte del pueblo, el cual guiado por sus ideales vota a la opción que mejor se ajuste a ellos.
Este es el modelo típico que adoptan las democracias actuales puesto que, como ya se ha expuesto, el desarrollo de una democracia directa sería altamente dificultoso, inviable. En el ámbito teórico puede parecer la mejor vía, sin embargo, en la práctica se producen a menudo problemas en relación a la misma por sus mecanismos y resultados. No siempre la opción política elegida resulta la adecuada, en el sentido de que sus actuaciones se encuentran en el filo de lo injusto, llegando en ocasiones a atentar contra los intereses de los ciudadanos, la tolerancia o incluso los propios derechos humanos.
Actualmente encontramos ejemplos pertinentes que muestran a la perfección lo expuesto en los anteriores párrafos. El más ilustrativo, sin duda, nos sitúa al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, donde el pasado mes de noviembre se celebraron las elecciones presidenciales, cuyos resultados proclamaron vencedor al candidato republicano a la Casa Blanca: Donald Trump.
Poco se puede decir de su propuesta de gobierno que no sea ya bien sabido. El caso es que sus pretensiones, de realizarse, pondrían en peligro los presupuestos de igualdad e integridad para con las mujeres y los inmigrantes. Además de promulgar con ello ideales retrógrados como el machismo, la intolerancia y la discriminación, entre otros asuntos.
Trump es, no obstante, sólo uno entre tantos ejemplos, y pese a la opinión que despierte en el resto de países de occidente, la opinión popular parece haberlo decidido así. Como vemos es fácil hacer peligrar la democracia insertándonos en su propio seno (véase el caso del Tercer Reich: la democracia puso a Adolf Hitler, uno de los mayores dictadores y genocidas de todos los tiempos, a la cabeza de Alemania). Todo por la degeneración de propuestas e intenciones.
Esta es, sin duda, la mayor anomalía de la democracia representativa. Sin embargo, ¿cuál es la solución, y cómo llevarla a cabo? Actualmente algunos abogan por tratar de llevar a cabo la democracia directa haciendo uso de los avances tecnológicos y aprovechando lo mejor posible las características de la sociedad de hoy.
En referencia a esto se habla en el artículo de la propuesta de la abogada uruguaya María Luisa Martínez Dibarboure: el Partido Digital. Este opta por una toma de decisiones rectilínea entre el ideal y el voto a través de las plataformas digitales adecuadas. Teóricamente esto supondría el votar por un contenido, y no por un partido en sí. Pero volviendo al terreno práctico, cabe plantearse las consecuencias siguientes: las consultas no dejarían de simular una encuesta con respuestas cerradas, de manera que los resultados serían fácilmente computables. No obstante se dejaría escaso o nulo margen al matiz, lo que obligaría al votante a posicionarse en un extremo. Poco lugar quedaría entonces para el consenso entre vencedores y vencidos. Es decir, aumentaría la polarización de fuerzas, y crearía opiniones forzadas. Además, si el sistema llegase a ser manipulado por las fuerzas mayoritarias, peligraría la protección de los derechos de las minorías, aunque la intención que persigue esta variante democrática sea precisamente la de salvaguardarlos.
Después de leer este artículo concluyo que tanto la democracia directa como la que hoy tenemos presentan carencias todavía no cubiertas, algunas de ellas con posibles consecuencias graves. Tal vez algún día el devenir de los tiempos, el desarrollo tecnológico o el cambio mental, político y social consigan aumentar el grado de factibilidad de la primera, o solventar los problemas que presenta la segunda. El camino ya se ha iniciado, pero hasta llegar a la meta sostendré que las democracias directas sólo son realizables en comunidades reducidas (relacionadas con el cantonalismo, por ejemplo) o para cuestiones determinadas. Hasta entonces deberemos lidiar necesariamente con las incorrecciones de nuestro sistema.

Naturalmente esto plantea un nuevo punto: ¿qué hacer con Trump? ¿Se debe respetar siempre, bajo cualquier circunstancia, lo determinado por el pueblo en ejercicio de su poder soberano? El debate está servido. 

Texto basado en la previa lectura del artículo de Mark Leonard "La política de la disrupción" para el periódico EL PAÍS: http://elpais.com/elpais/2017/02/19/opinion/1487531926_882908.html

miércoles, 1 de febrero de 2017

Superando crisis

Supongo que a lo largo de la trayectoria universitaria todo el mundo se ve envuelto en crisis que no sabe si podrá superar. Sí, de esas que le hacen a uno incluso replantearse si seguir o no luchando por terminar. Es inevitable. Cuando en el mejor de los casos el estudiante en cuestión tiene verdadera vocación. Se cree capacitado, con corpus y animus para estudiar el Grado y enfocar su vida personal y laboral hacia el campo o la materia que tanto le apasiona. Otros, en cambio, estudiarán por estudiar o porque "no les ha dado la nota" para hacer lo que querían. Por último está el grupo al que considero que pertenezco, y es el de los estudiantes iluminados. Aquellos que, o bien siempre les ha gustado todo, o bien nunca les ha gustado nada, y de repente encontraron la solución predilecta a su caso. 
Todos ellos, todos nosotros, están condenados a pasar por esto: por dudas. Yo, sin ir más lejos, cuando hacía sólo dos meses que había empezado, me planteaba seriamente si esto, si Derecho y Filosofía era de verdad lo que me sacaría adelante, y no hablo sólo del ámbito profesional. Lo pasé francamente mal, y llegué a plantearme seriamente si seguir. 
Sin embargo anoche, estando agobiada por terminar de preparar el final de Teoría del Derecho que hice esta mañana, me di cuenta de que verdaderamente me gusta lo que hago. Ya había sentido la filosofía en la piel. Ya sabía que era para mí, y yo para ella, pero nunca pensé que me ocurriría con el campo de la ley. Y estoy feliz de comprobar día a día que ambos caminos van de la mano, de mi mano; que me gusta lo que he elegido, después de todo, que estoy aprendiendo, independientemente de que mis notas hayan bajado con respecto a Bachillerato. Porque el conocimiento no lo mide un número. 

miércoles, 25 de enero de 2017

Todo esto lo pensaba preparando mi primer final de Romano

Todo viene de una tarde de mucho estrés y papeleo de mi primer año de carrera, en la cual preparaba concienzudamente mi primer examen final de Derecho Romano. Me surgieron dudas sobre la mora debitoris. Me sonaba feo eso de que el acreedor tuviera que ir detrás del deudor pidiéndole cuentas. Cogí el portatil y entré por enésima vez en el día en una página de conceptos jurídicos. Entonces al ver el historial me sorprendió lo mucho que había cambiado el cuento en tan poco tiempo. Antes mis páginas más visitadas eran Facebook, Twitter, YouTube (vídeos de Shin Chan y Star Wars, para ser más exactos), el otro blog... Y ahora, venga webs de filosofía y de abogados en línea. La nena estaba creciendo... 
Bueno, he de decir que todo esto ha sido esta tarde, cuando preparando mi primer examen final de Derecho Romano estando en primero del Doble Grado en Derecho y Filosofía me han entrado dudas sobre la mora. Sólo quiero leer esto dentro de unos años y pensar: "qué inocente era... Y cuantas ganas le puse desde el principio" mientras descanso tras un largo día de trabajo. De trabajo en lo que sea, siempre y cuando me guste e implique lo que ocupa mis tardes hoy en día. Hasta entonces lo utilizaré como lugar donde recoger y aclarar dudas. Mis propias dudas, que no es poca cosa.  
Me llamo Esther, y quiero ser filósofa y jurista. Ahora, a seguir estudiando.