Supongo que a lo largo de la trayectoria universitaria todo el mundo se ve envuelto en crisis que no sabe si podrá superar. Sí, de esas que le hacen a uno incluso replantearse si seguir o no luchando por terminar. Es inevitable. Cuando en el mejor de los casos el estudiante en cuestión tiene verdadera vocación. Se cree capacitado, con corpus y animus para estudiar el Grado y enfocar su vida personal y laboral hacia el campo o la materia que tanto le apasiona. Otros, en cambio, estudiarán por estudiar o porque "no les ha dado la nota" para hacer lo que querían. Por último está el grupo al que considero que pertenezco, y es el de los estudiantes iluminados. Aquellos que, o bien siempre les ha gustado todo, o bien nunca les ha gustado nada, y de repente encontraron la solución predilecta a su caso.
Todos ellos, todos nosotros, están condenados a pasar por esto: por dudas. Yo, sin ir más lejos, cuando hacía sólo dos meses que había empezado, me planteaba seriamente si esto, si Derecho y Filosofía era de verdad lo que me sacaría adelante, y no hablo sólo del ámbito profesional. Lo pasé francamente mal, y llegué a plantearme seriamente si seguir.
Sin embargo anoche, estando agobiada por terminar de preparar el final de Teoría del Derecho que hice esta mañana, me di cuenta de que verdaderamente me gusta lo que hago. Ya había sentido la filosofía en la piel. Ya sabía que era para mí, y yo para ella, pero nunca pensé que me ocurriría con el campo de la ley. Y estoy feliz de comprobar día a día que ambos caminos van de la mano, de mi mano; que me gusta lo que he elegido, después de todo, que estoy aprendiendo, independientemente de que mis notas hayan bajado con respecto a Bachillerato. Porque el conocimiento no lo mide un número.